Cuando los países se enfrascan en interminables y estériles luchas fratricidas, terminan por arruinar su futuro. Chile lo sufrió en los 60 y 70, cuando gobierno y oposición se propusieron destruirse mutuamente, y lo lograron. Y, de paso, hicieron ruinas la democracia, la economía, la sana convivencia y muchas cosas más. Casi sin darnos cuenta, la sensatez que había caracterizado a la política chilena dio paso a las pasiones desbordadas: el respeto, a la intolerancia; el diálogo, a la violencia; la visión de Estado, a frases tan aplaudidas como inconducentes.
A comienzos de los 90, cuando el país enfrentaba el desafío de consolidar su democracia, legitimar la economía social de mercado y conquistar mayores niveles de justicia social, desde Renovación Nacional, llamamos a una nueva relación con el gobierno que bautizamos como "Democracia de los acuerdos".
Esta permitió desarrollar confianzas mutuas, recuperar la capacidad de diálogo y llegar a acuerdos fecundos que privilegiaban lo mucho que nos unía por sobre lo que nos diferenciaba.
Gracias a ello, Chile tuvo una transición pacífica y ejemplar que permitió uno de los períodos de mayor prosperidad y desarrollo en nuestra historia.
¿En qué consiste la democracia de los acuerdos?
Consiste en ponernos metas audaces, que unan y no dividan a los chilenos, detrás de las cuales sumemos los compromisos, aportes y voluntades de todos.
En mi opinión estas metas son básicamente cinco: superar la pobreza y las desigualdades excesivas, recuperar la capacidad de crecimiento y creación de empleos, empezar a ganarle la batalla a la delincuencia y el narcotráfico, y mejorar de verdad la calidad y equidad de la salud y la educación.
Metas de esta envergadura requerirán de un gobierno innovador y emprendedor, con voluntad de llegar a acuerdos y respetuoso de la oposición.
Pero también de una oposición que actúe siempre con un espíritu leal y constructivo.
En dos palabras, un gobierno y una oposición que, desde sus propias convicciones y valores, actúen con la sabiduría necesaria para anteponer los intereses permanentes de Chile y los chilenos por sobre cualquier otra consideración particular o partidista. Esto no implica confundir los roles del gobierno y la oposición. Por el contrario, para tener una política vigorosa y de calidad es fundamental que cada uno cumpla en plenitud la función que le es propia: gobernar en el caso del primero; fiscalizar con rigor y proponer alternativas en el caso de la segunda.
Pero al hacerlo no podemos olvidar que compartimos el mismo objetivo final: que a Chile y los chilenos les vaya mejor.
Fuente: Diario El Mercurio de Chile.