Situación económica y perspectivas de América Latina y el Caribe a comienzos del 2008 |
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Por Lic. José Luis Machinea,
Secretario Ejecutivo de la CEPAL
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Desde el año 2003, América Latina atraviesa por una coyuntura económica muy favorable, caracterizada por el crecimiento que, casi sin excepciones, vienen registrando todos los países que la integran. Durante 2007, la región creció un 5,6%, a pesar de haber enfrentado en la segunda mitad del año un deterioro del contexto financiero externo, provocado por la elevada volatilidad de los mercados financieros internacionales y el aumento de la incertidumbre. La mayoría de los países de la región siguió creciendo a tasas elevadas, gracias al elevado dinamismo de la demanda interna, tanto en lo que respecta al consumo privado como a la inversión. Por otra parte, el crecimiento fue acompañado por la disminución de la tasa de desempleo, en el contexto de una mejora de la calidad del empleo, factores que unidos al crecimiento de las economías influyen positivamente en los indicadores de pobreza.
Se estima que el crecimiento de este año sería algo menor (alrededor del 4,5%), aunque esto no impedirá que el 2008 sea el quinto año de crecimiento consecutivo del PIB por habitante a tasas superiores al 3% anual. Para encontrar un período similar habría que remontarse 40 años atrás, a la etapa de expansión regional registrada entre fines de los años sesenta y el primer shock de los precios del petróleo a comienzos de los setenta.
Durante 2007 siguieron observándose muchas de las características de la actual fase de crecimiento económico. Superávit de la cuenta corriente aunque en un nivel menor, una nueva mejora (más atenuada) de los términos del intercambio, la continuidad del saldo primario positivo de las cuentas fiscales, el desempleo decreciente, el aumento de las reservas internacionales y la reducción de la deuda externa como porcentaje del PIB. Simultáneamente, se observaron algunos cambios que constituyen un desafío en materia de política económica para los años venideros. Algunos de los hechos dignos de especial mención son la aceleración del gasto público, que supuso un retroceso respecto del equilibrio fiscal global que la región había alcanzado en 2006; el menor dinamismo de las exportaciones de bienes cuyo volumen, por primera vez desde hace muchos años, se expandió a una tasa inferior a la del PIB; el alza de la inflación, que interrumpió la tendencia descendente de los últimos cuatro años y el aumento del riesgo país de los países de la región, en el contexto de las turbulencias que se produjeron en los mercados financieros a partir del mes de mayo.
La volatilidad que caracterizó a los mercados financieros internacionales a partir de mediados de 2007, fue gatillada por la crisis del mercado de hipotecas subprime y amplificada luego por el peligro de que sus efectos negativos se extiendan a otras áreas del mercado financiero y terminen por provocar un shock crediticio que afecte de manera generalizada a la demanda global. La demanda creciente de liquidez, en un contexto de incertidumbre, así como la preocupación de los oferentes de crédito sobre los riesgos de una desaceleración económica que afecte en demasía la valuación de los activos, ha comenzado a generar un agravamiento de las restricciones crediticias que afectan a empresas y consumidores, actuando como una profecía autocumplida que invalida los esfuerzos de los bancos centrales.
Por otra parte, como consecuencia de estos hechos, se interrumpió la tendencia marcadamente descendente del riesgo país de los países de la región. El EMBI+ registró mínimos históricos (168 puntos base) a fines de mayo de 2007 y a partir de entonces inició una escalada que, pese a mostrar oscilaciones, lo ubica en el primer trimestre del 2008 por encima de los 300 puntos básicos. Esto constituye sin dudas una mala noticia para los países de la región, pero estos se encuentran mucho mejor preparados que en el pasado para enfrentar una situación como la actual, gracias al excedente de la balanza básica que muestra la región en promedio, así como a los menores niveles y mejores perfiles de endeudamiento, en términos de plazos, tasas y monedas de emisión y al aumento del nivel de reservas internacionales.
Así, creemos que a pesar de las turbulencias en los mercados financieros y las perspectivas de una desaceleración de la economía mundial, la relativa estabilidad que muestran las economías de la región permite mantener un cauto optimismo y, como se señala al comienzo, cabe esperar, que el año 2008 sea el sexto año consecutivo de crecimiento y el quinto con una tasa, de alrededor de 4,5%, lo que implica un aumento del producto por habitante superior al 3% anual.
Como es evidente, la situación actual no está exenta de riesgos. Estos pronósticos están en cierta forma sujetos a que las estrategias dirigidas a controlar la situación que atraviesan los mercados financieros internacionales permitan efectivamente evitar una desaceleración muy profunda o incluso una recesión, que podría afectar la sostenibilidad del crecimiento mundial y, en un contexto de mayor volatilidad de los mercados financieros, dar origen a una escalada de las primas de riesgo y un deterioro más profundo de las condiciones financieras para las economías emergentes. En cualquier caso, cabe esperar que la desaceleración del ritmo de crecimiento de los Estados Unidos afecte más a México y Centroamérica, cuyas exportaciones están más concentradas en el mercado estadounidense y consisten en su mayor parte en manufacturas, a muchas de las cuales se les aplican reglas de origen muy definidas, por lo que son más difíciles de reubicar a corto plazo.
Otras señales de alerta provienen de la propia región y están relacionadas con la política macroeconómica aplicada en los países. Una de ellas es la persistente baja del tipo de cambio real, que está afectando a algunas economías de América del Sur, a pesar de las medidas adoptadas por las autoridades monetarias de algunos de ellos con el propósito de contener la apreciación de su moneda. Al mismo tiempo, la tasa de inflación se está acelerando en varios países, como reflejo de la aparición de presiones tanto desde la oferta (por el aumento de los precios de los alimentos y de los productos energéticos) como desde la demanda (en parte como reflejo del sostenido crecimiento económico, pero también en parte como consecuencia de algunas decisiones de política).
Junto con lo anterior, se observa un incremento generalizado del gasto público, no solo superior al del producto nominal, sino incluso superior al aumento de los ingresos. Este comportamiento procíclico del gasto público no plantea problemas fiscales a corto plazo, debido al aumento de los recursos, pero es motivo de cierta preocupación dada la posibilidad de que sea una señal de un cambio de rumbo en la política económica. En los primeros años del actual período de crecimiento, las cuentas públicas mostraron una mejora atribuible al aumento de los ingresos y a la reducción del gasto como porcentajes del PIB. En una segunda etapa, esta mejora se extendió esencialmente gracias al extraordinario incremento de los ingresos, mientras los gastos crecían menos que estos. En cambio, en 2007 se observó una reducción del superávit fiscal primario como consecuencia de una desaceleración del aumento de los ingresos (que aumentaron el equivalente a 0,4 puntos del PIB) y una expansión creciente del gasto (que aumentó 0,7 puntos del PIB), que acentúa la presión de la demanda sobre los precios y contribuye a la apreciación del tipo de cambio real. A esto se une el hecho de que la reducción del saldo fiscal limita la capacidad del sector público para impulsar aumentos de la inversión en capital físico y humano.
La aceleración de la inflación podría enfrentar a los bancos centrales a la necesidad de elevar las tasas de interés en un período en el que se observa una tendencia en sentido inverso en el contexto global. Si este proceso se generaliza, es probable que se incremente la magnitud de las corrientes de capital hacia la región, tal como se ha observado en algunos países en 2007, lo que agudizaría las presiones a la apreciación del tipo de cambio real. En tal caso, la reducción de la demanda obedecería a la disminución de las exportaciones, que es la peor alternativa.
De requerirse una desaceleración de la demanda para hacer frente al incremento de la inflación, lo que dependerá de la evolución de la economía mundial, la alternativa de una política fiscal más austera aparece como la mejor estrategia, dado que disminuye las presiones inflacionarias además de aliviar la presión sobre el mercado de crédito y hace posible una reducción de la tasa de interés. Lo que se plantea en este caso no es solo la habitual recomendación de adoptar una política fiscal contracíclica para mitigar la volatilidad de nuestras economías, sino una recomendación puntual y enfocada a enfrentar esta particular coyuntura, ante la amenaza de una posible aceleración de la inflación y la agudización de la apreciación del tipo de cambio real.
Aunque es improbable que estos factores afecten las posibilidades de crecimiento de la región en el 2008, abren un interrogante respecto de lo que puede ocurrir a mediano plazo. Desde una perspectiva de mayor alcance, no está claro que la región esté aprovechando esta favorable coyuntura externa para asignar parte de los recursos extraordinarios con que cuentan los países a actividades que contribuyan a su crecimiento sostenido. El proceso de industrialización en los países de menor desarrollo relativo de Asia, en particular China e India, ha producido un cambio estructural en la demanda mundial que favorece los productos primarios y otros productos básicos producidos por América Latina y el Caribe. Por consiguiente, es muy probable que durante varios años más estos cambios estructurales en la oferta y la demanda mundial de bienes puedan seguir beneficiando a la región. Lo anterior ofrece oportunidades cuyo aprovechamiento requiere de un impulso estratégico a las actividades de producción de bienes primarios, a fin de sacar partido de los activos desarrollados previamente.
Sin embargo, hay dos motivos por los cuales es necesario estimular el desarrollo de otras actividades, en muchos casos relacionadas con esos productos. En primer lugar, los países deberían prepararse para el período en el que, sin duda, se reducirá el valor relativo de los productos primarios. En segundo lugar, un desarrollo basado exclusivamente en recursos naturales sin valor agregado adicional y, en particular, sin mayor conocimiento incorporado, no contribuya a una mejor distribución del ingreso y, además, no sea suficiente para producir externalidades que potencien el proceso de desarrollo.
Por ello, los países de la región debieran formular estrategias que permitan agregar valor y en especial conocimiento a las actividades basadas en recursos naturales y desarrollar nuevos sectores, en muchos casos vinculados a éstos. Se trata de, con racionalidad, diversificar la estructura productiva. En este contexto, hay tres elementos que aparecen como indispensables: infraestructura, una red de innovación y mejoramiento de la calidad de la educación. La asignación de recursos y capacidades a estas actividades debe responder a una decisión estratégica orientada a aprovechar la renta proveniente de la explotación de recursos naturales en la coyuntura actual. Si bien en algunos países se observan avances en este campo, estos son evidentemente insuficientes y plantean dudas sobre la capacidad de la región de crear las bases de un crecimiento sostenible.