Necesidad de un ajuste coordinado
para la economía global |
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Por el economista argentino Ricardo Arriazu
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La economía mundial muestra claros signos de desaceleración. La tasa de crecimiento se redujo del 5,3 al 4,7 por ciento durante el 2007, y se espera que caiga a un rango de entre el 3 y el 4 por ciento durante el 2008. De este modo, el ritmo de expansión de la economía mundial caería por primera vez en casi un lustro a valores por debajo del promedio de las últimas décadas.
El mundo no ha experimentado una recesión generalizada desde la Gran Depresión de la década de 1930, y es muy poco probable que la suframos en un futuro cercano. La persistente expansión de la economía mundial durante las últimas seis décadas (suceso casi sin precedentes en la historia económica de la humanidad) llevó a muchos analistas a redefinir el concepto de recesión mundial, denominando con ese calificativo a tasas globales de expansión inferiores al 3 por ciento. Para un argentino suena llamativo que se identifique como "crisis económica" a un ritmo de expansión que supera nuestra tasa promedio de crecimiento de las últimas seis décadas.
Todo ritmo de crecimiento de la demanda agregada superior al considerado "aceptable" genera un ciclo económico con etapas claramente diferenciadas: una primera etapa en la que la producción crece más que la capacidad productiva, sin presiones inflacionarias y con fuertes subas del empleo, de los beneficios y de los precios de muchos activos; una segunda etapa en la que el ritmo de expansión se desacelera, aparecen presiones inflacionarias y se deterioran las cuentas externas, y en la que los precios de los activos alcanzan sus máximos; y una tercera etapa de fuertes presiones inflacionarias y externas, en la que los factores de producción (mano de obra y capacidad productiva) se encuentran en sus niveles máximos de utilización. En este contexto, la reducción del ritmo de crecimiento de la demanda agregada ("ajuste") se vuelve inevitable.
El avance de la teoría económica permitió atenuar los ciclos económicos, pero no evitarlos. Históricamente, todos los procesos de ajuste llevaron inicialmente el ritmo de expansión por debajo del ritmo de "crecimiento potencial" de la economía y a bajas en los precios de los activos. Cuando esto no ocurrió, el ajuste posterior fue bastante traumático (1982).
Los eventos económicos de los últimos años siguieron con precisión estas etapas del ciclo económico. El ritmo de expansión de la demanda agregada mundial fue —aparentemente— superior al de la capacidad productiva, situación que generó inicialmente una fuerte expansión económica, pero que luego generó crecientes presiones inflacionarias a nivel mundial y alzas insostenibles ("burbujas") en los precios de algunos activos.
En estas circunstancias, la desaceleración de la economía mundial y la baja de algunos precios de activos (especialmente el precio de los inmuebles) eran inevitables.
Hasta hace poco tiempo, algunos analistas argumentaban que esta situación de desequilibrio era patrimonio exclusivo de los Estados Unidos, y que la desaceleración económica en ese país sería compensada por el crecimiento en Europa y en Asia (la llamada teoría del "desacople"). La desaceleración reciente en la mayoría de los países del mundo mostró que estas esperanzas eran vanas.
Un análisis cuidadoso del crecimiento de la capacidad productiva en estos países mostró que en la mayoría de ellos (incluyendo a China) el ritmo de expansión de la demanda agregada excedía al de su capacidad productiva, por lo que el ajuste también era inevitable en estos países.
Otro error fue creer que los altos niveles de consumo en los Estados Unidos eran resultado de la "fortaleza" de su economía, cuando en realidad eran el reflejo de la resistencia de los consumidores a aceptar la inevitable reducción de sus niveles de gasto. Todo ajuste implica aliviar la faltante de recursos productivos mediante la expansión de la inversión y la atenuación del consumo.
Los datos más recientes de reducción del consumo y de la demanda de servicios están mostrando que la tardanza en aceptar el ajuste acentuó la intensidad del mismo. El aterrizaje suave se está convirtiendo en un aterrizaje forzoso.
La principal función de las autoridades económicas en estas circunstancias es evitar que el proceso de ajuste genere quiebras masivas que lleven a una crisis generalizada, pero no evitar la atenuación del ritmo de expansión de la demanda y la baja de algunos precios de activos.
Las autoridades de los Estados Unidos están reaccionando ante esta situación con un vigor inusitado que, a veces, deja la sensación de desesperación. La velocidad y magnitud de la baja de las tasas de interés por parte de la Fed superó las expectativas del mercado y fue acompañada por un paquete fiscal que duplicará el déficit presupuestario del próximo año. Es de esperar que estas medidas estén basadas en estudios profundos y que no respondan a las presiones del mercado.
La gran duda que existe en estos momentos es si el proceso de ajuste se dará a través de un ajuste gradual de los niveles de demanda real y del precio nominal de los activos, o se concretará en forma desordenada e inflacionaria. La cooperación internacional y la coordinación de las medidas de ajuste contribuirían en forma significativa a facilitar el proceso de ajuste y a moderar las presiones inflacionarias.
Una baja coordinada de tasas de interés descomprimiría los mercados crediticios, impediría una depreciación desordenada del dólar y no sería inflacionaria por el temor de las entidades crediticias a expandir el crédito. Por el contrario, una baja unilateral de las tasas de interés por parte de los Estados Unidos puede llevar a una depreciación desordenada del dólar, a cambios masivos de portafolios (huida del dólar hacia otros activos), a subas de los precios mundiales medidos en dólares, incluso hasta podría provocar disrupciones del comercio internacional.